Lo jesuita y lo indígena. El trato de los jesuitas al indígena en la Nueva España

Educación en la Nueva EspañaLa labor jesuita en la Nueva España ha sido analizada desde varios puntos de vista, aunque en su mayoría en materia económica, ya sea por la gran cantidad de propiedades y tierras que llegaron a concentrar, así como las grandes riquezas que de estas haciendas obtuvieron, o bien, por el suceso de su expulsión de las tierras controladas por la Corona. Sin embargo, su relación con los indígenas es quizá uno de los aspectos más importantes ya que, si bien se plantean un método de evangelización un tanto diferente a las primeras órdenes que llegan a continente americano, serán muchos los factores que serán causa en el verdadero desarrollo de su labor evangelizadora.

Por medio de las crónicas de los jesuitas en Nueva España, tanto en la región mesoamericana, como en el noroeste del territorio, recogidas por Manuel . Marzal, se logra hacer un análisis de las creencias y posturas que los diferentes exponentes de la labor jesuítica tienen respecto a la población indígena. Las posturas son diversas, algunas de ellas completamente opuestas, y en todas ellas se aprecia una mentalidad un tanto moderna, y un tanto escolástica.

La mano de obra indígena, así como los medios de conservación de la misma, serán factores centrales en la labor jesuítica, especialmente en las misiones y reducciones del noroeste mexicano. Posteriormente, el rescate de la tradición y cultura indígena funcionará a otros fines, especialmente de reivindicación del pasado mexicano y la identidad mestiza, sin dejar de lado que en todo ello sigue presente el primer objetivo que se persiguió con la colonización de tierras americanas, la difusión del cristianismo en el nuevo continente.

La labor evangelista de la orden jesuita en Nueva España ha de analizarse desde una perspectiva que considere varios factores. Uno de los más importantes, quizá, es la mentalidad que impulsa a la orden a instruir a los indios a la religión cristiana. Partiendo de estos modelos de formación, se podrá entender cómo fue el trato que dieron a los indígenas, por qué fue de esa manera, y cómo es que se buscaba, a través de una serie de estrategias, integrar o separar al indio de la sociedad colonial.

En palabras de Manuel M. Marzal, hay que entender la labor jesuítica desde “los dos pilares de su formación, la filosofía escolástica o perenne que incluía una ética y un derecho natural, y la teología, definida como reflexión sobre la palabra de Dios sobre sí mismo y sobre el hombre revelada por Jesucristo, que completaba la reflexión filosófica”[1]. Sin perder de vista el ambiente de rompimiento religioso en la Europa Moderna, y las ordenanzas del Concilio de Trento, los jesuitas pretenden implantar un modelo de evangelización diferente al de las primeras órdenes. Uno de los pensadores jesuitas más influyentes, Francisco Javier Alegre (1729-1788), refleja en sus obras la defensa de la teología jesuita contra las ideas ilustradas y el objetivo de revitalización de la escolástica[2], mentalidad presente en toda la obra jesuita en América. La labor jesuita tendrá, entonces, un carácter pedagógico, abierto a nuevas tendencias filosóficas.

Las propuestas de la labor jesuítica, fundamentadas en las ideas de José de Acosta (1540-1600), “evitaron que los cambios subsecuentes en los patrones culturales de los indígenas se modificaran más allá de lo que ellos consideraban adecuado para la empresa misional”[3]. Acosta mantiene una idea de mantener y conocer a las culturas que se busca evangelizar, base del trabajo etnográfico de los jesuitas[4].

El caso del trabajo jesuita en la Nueva España, en los dos tipos de misiones que se dieron, mesoamericana y del noroeste del territorio, ha de contemplarse como una repetición del modelo de reducción, exitoso en Paraguay, en el que, sobre todo, se buscaba la “autonomía y autosuficiencia: el ideal de la separación entre las repúblicas de indios y españoles[5]”. Las diversas estrategias que se implementaron, sobre todo en el noroeste de México, han suscitado la interrogante sobre si el objetivo de los jesuitas era la integración o la separación de los indios del modo de vida colonial.

Sin embargo, habrá de considerarse en el estudio de la labor jesuítica los aspectos tanto positivos como negativos en el trato al indígena, pues como menciona Xavier Albó, “bautismo y signo de vasallaje se confundían demasiado”[6]. La imagen del evangelizador como precursor de la conquista y el trabajo forzoso causó, no en pocas ocasiones, la renuencia del indio a participar de la conversión. Los testimonios de la resistencia de los indios, o tal vez el apego a sus tradiciones y costumbres son evidentes en las crónicas de la época, como lo atestigua este fragmento, escrito por Andrés Pérez de Ribas, sacerdote jesuita:

Levantose otro endemoniado y viejo, diciendo que los padres los tenían en aquellas reducciones y pueblos para que todos se acabasen y muriesen, que eso pretendían ellos y los españoles, cuando éstos no los perseguían con las armas.[7]

El modelo jesuítico de Acosta

La evangelización jesuita tiene una fuerte influencia de uno de sus pensadores más representativos, José de Acosta, quien, a través de su obra Historia natural y moral de las Indias (1590), retrata las costumbres de los indios de México y Perú y postula los supuestos que se han de seguir en la evangelización de las poblaciones nativas que influenciarán los establecimientos jesuitas en América.

Una de las principales características del pensamiento de Acosta será la creencia en el origen demoniaco de las religiones indígenas, herencia de la teología medieval, en la que muchos de los jesuitas caerán al tratar de erradicar las religiones originarias. Sin embargo, como señala Manuel Marzal, “Acosta se opuso al método radical de <<tabula rasa>>, de arrasar los templos, las imágenes y los demás símbolos religiosos autóctonos”[8], precisamente en la creencia de que el indio podía llegar a conocer a Dios a la luz de la revelación, la cual había sido oscurecida por la ausencia de una educación enfocada a instruir en la fe a los indios.

El conocimiento de las lenguas y culturas, además de la religión, de los indios que se buscaba evangelizar es también influencia de Acosta, quien postulaba que para poder vencer la herejía, era necesario saber contra qué se estaba luchando. Por esta razón es que se cuenta con un amplio trabajo etnográfico en los jesuitas, además de varios tratados y traducciones de lenguas originarias.

Educación y aculturación

La educación juega un papel central en el estudio del trato jesuita hacia los indios, pues demuestra la disposición de la mayor parte de la orden por la creencia en la capacidad intelectual y moral de los pueblos aborígenes. El ejemplo más evidente de esta creencia se puede observar en la misión de Tepoztlán, en donde la instrucción principal impartida a los indios se enfocaba en la preparación para el bautismo, los oficios  y las artes mecánicas, junto con una educación artesanal. Sin embargo, es importante tomar en cuenta que, como menciona Miguel Messmacher, “el acceso del indígena a la educación superior humanista y vocacional y a las disciplinas religiosas que se le enseñaban en los primeros decenios de la colonización de la Nueva España, nunca volvió a darse en la Colonia ni, por lo tanto, en las repúblicas jesuitas[9]”. Sin embargo, si bien se buscó una aculturación del indio, “desde el punto de vista jesuita, evangelizar no equivaliera necesariamente a castellanizar”[10]. Las escuelas para indios son, por tanto, un importante rasgo de la evangelización jesuita. Testimonio de ello son las palabras de Pérez de Ribas:

Fundó la Compañía un colegio seminario […] en él se crían ordinariamente 50 o más colegiales, muchos de ellos hijos de caciques y de principales que quedaron de otomites y mexicanos antiguos.[11]

La educación jesuita se enfocaba, según señala Albó, en el acercamiento al indio como persona, es decir, buscando apelar a su inteligencia y razón. “El misionero buscaba primordialmente a alguien; no algo. La persona, más que la cultura”[12]. Se hace evidente el interés por el indio, un aprecio y respeto hacia su persona, aunque con limitaciones, como se verá más adelante.

Las lenguas indígenas

Ya estaba probado por las órdenes anteriormente establecidas en la Nueva España que el conocimiento de las lenguas autóctonas era uno de los mejores métodos para provocar el acercamiento con el indio, conocimiento que no faltó en la labor jesuítica. “Es sabido que los jesuitas estudiaron a fondo las lenguas y culturas indígenas.”[13] Sin embargo, puede postularse que “la utilización de las lenguas indígenas por parte de los jesuitas respondía a esa misma lógica de aislamiento […] que era uno de los pilares del proyecto jesuita”[14]. Los jesuitas, cuidadosos de mantener una separación del indio de los colonos españoles, les impulsó a conocer a fondo las lenguas de los pobladores del territorio noroeste. Podría sugerirse, en base a lo ya mencionado, que esta preservación de los rasgos autóctonos de los pueblos estaba enfocado a la conservación de la naturalidad de los indios, para alejarlos del modo de vida colonial y, por consecuencia, del trabajo personal y la encomienda. El uso de lenguas vendría a ser un método de defensa ante la hispanización.

El problema del clero indígena

En contraparte con la creencia de la capacidad intelectual que defienden ciertos cronistas jesuitas, se encuentra el problema del clero indígena, que si bien ya había sido tratado en tiempos tempranos de la evangelización con la fundación y decadencia del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por agustinos, algunos jesuitas no creyeron que los indios tuvieran la capacidad para formar parte de este cuerpo. Los argumentos que señalaban solían ser los mismos que ya se habían establecido. La creencia en la posible recurrencia de los indígenas en sus religiones autóctonas, y el peligro de contaminación de los indios bárbaros, que siempre estaban en constante contacto con los indios reducidos, llevaron a  pensar a ciertos cronistas que no sólo no era factible, sino ni siquiera era necesario, que se formara a un indígena para el sacerdocio.

Los indios aún todavía son neófitos y nuevos en la fe […] habiendo tanta y tan noble clerecía y religiosos españoles, […] no ha habido ni hay necesidad, para enseñarla, de valerse de los que es cosa conocida ser tan inferiores en calidad, como es la de los indios.[15]

Por otro lado, también encontramos sacerdotes jesuitas que, si bien no impulsan el sacerdocio en los indios, tampoco consideran que sea un desperdicio de tiempo la instrucción religiosa de éstos. En este caso, como en muchos otros, podemos ver la doble postura respecto a las capacidades tanto intelectuales como religiosas de la población indígena en la creencia jesuita.

Aunque esto no fuera verdad, que los indios no hubieran capacidad para ser sacerdotes (que es injuria que se les ha hecho); pero no se puede tener por trabajo mal gastado el que se hace en criar esta juventud […] entiendo tener muchos de ellos tanta capacidad como los españoles.[16]

Concepción jesuita del indígena

La imagen que el sacerdote jesuita tenía sobre los indígenas, sobre todo en las misiones del noroeste de México, tiene un carácter ambivalente, probablemente dependiendo de la zona en que se situaran. Algunos de los cronistas mantienen una opinión favorable, casi paternalista sobre el indígena, mientras que otros resaltarán los aspectos negativos y casi salvajes de la población reducida. No por nada señala Marzal que “la mayoría de la etnografía jesuítica mezcla los juicios de valor positivos con los negativos”[17]. Los argumentos acerca dela defensa o degradación de las poblaciones indias se analizan en este apartado, dando claros ejemplos de escritor de sacerdotes cronistas.

Defensa

Desde una perspectiva global, la posición más común en los evangelizadores de la Nueva España era la defensa del indio, especialmente de los abusos de los colonos españoles, que los utilizaban como mano de obra gratuita, argumentando el servicio de vasallaje debido al rey de España y el pago de tributos. “Las órdenes religiosas procuraron defender al indio, mediante acciones que fueron, desde los esfuerzos de un Bartolomé de Las Casas […] hasta el establecimiento de pueblos de misión o misiones donde los indios estuvieran protegidos de los colonos”[18]. Sin embargo, la visión de las órdenes que llegaron primero a tierras americanas era más enfocada a la poca capacidad intelectual en los indios, incluso argumentando que eran menores de edad, que necesitaban una guía y control externo para no perderse en la inactividad y la vida salvaje.

Esta postura no fue compartida en su totalidad por los sacerdotes jesuitas, quienes desde su llegada a tierras americanas, y posteriormente a Nueva España, demostraron una concepción más incluyente del indígena. “Muchos misioneros, y más en el Perú, creyeron que el indio no era digno de recibir la comunión […] fueron principalmente los jesuitas los que introdujeron la comunión a los indios”[19].

Además de acercar al indio a los sacramentos, una vez superado el debate acerca de la humanidad del indio, y de su minoría de edad, podemos señalar el trabajo del padre Kino para evitar el trabajo personal en los indios convertidos, pues logró, después de varias negociaciones, que se estableciera un periodo de 20 años en que no podían ser llamados al trabajo en las encomiendas después de ser evangelizados, permiso que se hizo oficial por medio de real cédula de Carlos II, del 14 de mayo de 1686[20].

Superioridad étnica

La oposición producida por el contacto entre dos grupos humanos de distinto nivel de desarrollo, es decir, los evangelizadores jesuitas y los pueblos nómadas del noroeste de México, provocó una concepción del indio que influenciaría en su trato. Tal concepción se inclinó, en muchas ocasiones, por crear la imagen del indio ignorante o el indio vicioso. Para este punto se analizará principalmente a dos cronistas jesuitas, los cuales mantenían una visión del indio como ignorante, falto de razón y capacidad de civilización, al cual era necesario controlar severamente para poder cristianizar.

Luis Xavier Verlarde, quien trabajo con tribus pimas en el noroeste de México, mantenía que los indios eran prácticamente salvajes, sin ningún rasgo de civilización o cultura, y por tanto, no tenían el nivel para poder entender las cosas de la divinidad, para lo cual ni siquiera tenían vocablos en su lengua.

El entendimiento es muy corto, con lo cual alcanzan muy poco así de esta vida como de la otra.[21]

Acusaba a los indios de no tener ningún tipo de control social, ya sea de gobierno o religioso, lo que los colocaba en una posición apenas diferente a las bestias. Señalaba que no existía entre ellos ningún tipo de tradición o regla que mantuviera cierto orden. Por lo mismo, no mantenían ningún tipo de religión o idolatría o deseo de conocer la causa universal, lo que complicaba su introducción a los postulados del cristianismo.

Solo tienen algunas tradiciones, derivadas de padres a hijos que, como envueltas en mil absurdos y necedades, no merecen nombre de historia.[22]

Sin embargo, los argumentos más fuertes acerca de la poca capacidad intelectual y civilizadora de los indios será expuesta  por Juan Jacobo Baegert. No sólo indica la ausencia de gobierno y religión en los pueblos originarios, sino que además los tacha de salvajes, bestias, incapaces de establecer signos de cortesía. Desde un principio, en sus crónicas, indica que prácticamente se trata de bestias sin capacidad alguna de establecer una organización social.

Por no haber tenido los californios entre sí ninguna policía, ni gobierno, ni nada que se le pareciera a una religión […], pero, en cambio, sí haber llevado una vida verdaderamente bestial, no habrá aquí nada de extraordinario que informar o contar respecto a sus costumbres.[23]

Además del carácter salvaje de los indios que señala el sacerdote jesuita, señala la poca disposición que, de acuerdo a sus palabras, abunda en los pueblos indígenas. Los únicos deseos y motivaciones que ve el sacerdote en los indios es el de comer y divertirse, pues detestan el trabajo, por tanto, jamás pasa por su pensamiento la concepción de un dios o un orden superior. El desprecio que podemos señalar en las palabras del cronista se hace sumamente evidente al indicar la poca capacidad intelectual de los indios, quienes le son merecedores incluso de calificativos agresivos.

[…] el estado de confusión y oscuridad que reina en la cholla de estos hotentotes californianos.[24]

Antes de terminar este apartado vale la pena tomar en cuenta una consideración que hace Manuel M. Marzal acerca de la imagen negativa que dejan ver ciertos cronistas en sus trabajos etnológicos, es decir, que probablemente se pinta una imagen tan negativa de los habitantes de las zonas del noroeste de México para demostrar la necesidad de misioneros y sobre todo, de la expansión del cristianismo. En palabras de Marzal, la crónica jesuita es “escrita para buscar nuevos misioneros y el apoyo de bienhechores”[25].

La vida en las misiones

Más allá de la concepción que los evangelizadores jesuitas pudieran tener sobre la población indígena, es el las reducciones y misiones en donde se puede analizar el verdadero trato que los jesuitas daban a los indios. La misión de evangelizar de los jesuitas era su principal motivación, “es indudable que los misioneros obraban convencidos de que estaban imperativamente llamados a salvar las almas de los indios y de que su más urgente obligación era la de entrar en contacto con el mayor número posible de grupos indígenas a fin de dar principio desde luego a su cristianización”[26], por lo que siempre buscaron ampliar su influencia a la mayor cantidad de indios y de territorio.

Al tratarse en su mayoría de pueblos nómadas, se buscaba inducir al indio a que se mantuviera en la misión, de tal manera que probara la vida sedentaria, para dar paso a la modificación de hábitos y aceptación del cristianismo como nuevo modo de vida[27]. El modo de operación de los jesuitas en las tierras del noroeste mexicano promovía que el indio viviera en comunidad, y que no tuviera “más opción que la de someterse a un modo de vida radicalmente diferente respecto al que por tradición y necesidad seguía cuando se hallaba fuera de la misión”[28].

La institución de las misiones, sin embargo, conllevaban muchos más cambios y objetivos que el simple sedentarismo de las tribus de indios. “Las misiones fueron para el Estado instituciones temporales e instrumentos de colonización, en tanto que para los religiosos eran unidades permanentes de evangelización y cuidado de los indios”[29].  Para el jesuita era importante la sujeción del indígena como medio para su aceptación al cristianismo, lo que suscitó severas críticas del visitador José de Gálvez por el trato que recibían los indios reducidos. Sin embargo, habrá que ver más a fondo, acerca de las verdaderas intenciones de los jesuitas al concentrar a la población indígena. “No se trató de incorporarlos, sino, por el contrario de tenerlos aislados, segregados y al margen de los españoles”[30]. La reducción de los indígenas representaba un control social, sobre todo se buscaba evitar que las misiones fueron centros de reclutamiento de mano de obra servil para los colonos, lo que pudo ser causa de las criticas que el visitador hiciera. Pero ante todo, para lograr el funcionamiento de la vida en sociedad y el sostenimiento de las misiones, se buscaba la sumisión de los indios a la misión y, por consecuencia, a los jesuitas.

La mano de obra indígena

Para el sostenimiento de las congregaciones de evangelizadores e indios, los religiosos necesitaron de la mano de obra indígena. Para lograr la ejecución de este trabajo de parte de los indios se recurrió a la repartición de alimento, de tal forma que los indios no tuvieran necesidad de salir a los montes en busca de qué comer, y emplearan su fuerza y tiempo en el crecimiento de la misión. “A través de los alimentos, se obligaba y condicionaba a los indios a cumplir en sus labores tanto productivas como sociales y religiosas”[31].

Hay que observar el fenómeno de repartición de alimentos desde una perspectiva global, no ya como un medio de ganarse el favor de los indios, y su consecuente sujeción al control de los religiosos, sino como un medio de preservación de la mano de obra, incluso como un pago por dicho trabajo. “Los repartos de alimentos que se hacían en las misiones no eran actos de beneficio unilateral como lo pretendían los religiosos, puesto que traían aparejadas diversas obligaciones que los indios debían cumplir tanto en el poblado como fuera de él”.[32] La entrega de comida se convirtió en el mejor estímulo para propiciar el trabajo indígena.

En esta misma visión mundana de las reducciones y misiones es como hay que considerar la explotación del trabajo indígena. “Los ignacianos trataban de salvar almas, pero sin renunciar a la explotación de los recursos humanos y materiales”[33], estrictamente necesarios para el mantenimiento de las comunidades sociales que postulaban los jesuitas, alejadas de la hispanización, buscando la independencia y autosustento de los indígenas.

Los niños, ancianos o inválidos tenían una única obligación, la observancia de lo religioso. Los demás miembros indígenas de las reducciones debían tener una ocupación productiva, todo por el bien y crecimiento de la comunidad. Los hombres se dedicaban a la agricultura,  y la construcción, ya sea de templos, muros, puentes, etc. Las mujeres se enfocaban principalmente a las labores domésticas y la ejecución de trabajos artesanales. La retribución de este trabajo no era en metálico, ni siquiera en especie, ya que “los servicios se prestaban a la comunidad y a cambio se recibía únicamente alimentación y algún trozo de tela para cubrirse”[34]. Sin embargo, no puede verse esta ausencia de pago por el trabajo como un completo abuso, pues no servía de nada pagar en efectivo, ya que no había nada para comprar en las zonas del noroeste mexicano, más bien, se debía trabajar para el sostenimiento de la comunidad[35].

Un fenómeno aparte son las ricas haciendas que los jesuitas llegaron a tener, y que causaron la envidia de las otras órdenes religiosas y demás enemigos que se crearon. En ellas se contaba con tres tipos de trabajadores: los esclavos mulatos “a los que se debía tratar como a hijos de familia y darles regalos”[36], los peones o vaqueros, a quienes se daba un pago semanal por jornada, y finalmente las cuadrillas de indios, los cuales eran traídos a trabajar en las haciendas cuando se requería mayor cantidad de mano de obra[37].

Los presidios: el uso de la fuerza física

Los presidio en las reducciones y misiones del noroeste mexicano tenían una función muy específica, el guardar la frontera de los posibles ataques de tribus bárbaras. Para este objetivo se contaba con un reducido número de soldados, pues no se consideraba que fuera necesario mantener un número alto de militares para tal fin.

Algunos cronistas postulan que la libertad del indígena para recibir la fe cristiana es la base de la evangelización, por tanto, si se usa la fuerza de los presidios para convencer a los indios, se alejarían del objetivo mismo de los jesuitas. Se puede decir entonces, que de acuerdo a estas aseveraciones, el objetivo principal de los presidios es impedir el obstáculo de los bárbaros no conversos.

Confesamos que la palabra divina es la que ha de rendir y sujetar a los hombres a Cristo y obrar las conversiones de estas gentes. Pero para obrar estos maravillosos efectos, es menester oírla […] para oírla, es menester predicarla.[38]

Las palabras de Pérez de Ribas han de tomarse con cuidado, pues su fin es justificar la presencia de los militares en las misiones, por tanto es natural que buscara mostrar lo necesario que era contar con esta defensa ante los ataques bárbaros, ante las críticas que recibían los jesuitas por el uso de fuerza física. Más adelante, el mismo Pérez de Ribas, en sus escritos, justifica el uso de esta fuerza, no sólo para defensa, sino como medio de castigo:

Es necesario ayudarse de presidios de soldados, para entrada de pacificaciones, castigos de rebeldes, etc. no salen solo los soldados españoles, sino conforme lo que pide la facción, con ayuda y leva de mayor o menor cantidad de indios que nunca faltan.[39]

Crónicas del exilio: reivindicación de lo indígena

El análisis de la ideología jesuita frente a lo indígena no estaría completo sin un breve recuento de la labor de Francisco Javier Clavijero, autor de la Historia del México Antiguo, en la que la figura del indígena y su historia antes de la llegada de los europeos a América ocupan un lugar comparable con las grandes culturas clásicas. Cronista de la misión mesoamericana, vive 20 años de exilio tras la expulsión de los jesuitas de tierras americanas. Durante su estancia en Nueva España estudia el náhuatl, según mandaba la regla jesuita, y tiene un importante contacto con la población india. Según las palabras de Manuel Marzal, “hizo su mejor servicio a la causa indígena, al escribir durante su exilio su Historia antigua de México[40].

De acuerdo al texto más importante de Clavijero, el motivo central de su creación es la defensa del indio americano, denigrado por el movimiento de Ilustración, para lo que el jesuita recurre a la historia de la región de la meseta central de México, en un afán de demostrar la grandeza a la que pudieron llegar los habitantes de Mesoamérica antes de los tiempos de la conquista. “Su defensa de ellos se basaba en muchos años de estrecho contacto con los mismos y en la experiencia de otros testigos intachables”[41], de los que obtiene información acerca de la región, el pueblo, la religión, y demás datos que ayudan a reposicionar lo indígena en el imaginario colectivo mestizo del siglo XVIII en Nueva España. En su trabajo, Clavijero llegó a comparación las antiguas civilizaciones mesoamericanas con la Grecia clásica.

Clavijero señala, en sus textos, que la educación es el camino adecuado para combatir los errores de los indígenas, especialmente en el ámbito religioso, y señala la igualdad de almas con los demás hombres, además de gozar de las mismas facultades intelectuales que los europeos.

Son, como todos los hombres, susceptibles de pasiones, pero éstas no obran en ellos con el mismo ímpetu, ni con el mismo furor que en otros pueblos.[42]

Entre las cualidades que enlista sobre los indígenas destaca su dedicación al trabajo y la indiferencia que demuestran por las riquezas, a diferencia de la población española. Incluso llega a hacer una defensa de su inclinación por una religión idolátrica:

Su particular apego a las prácticas externas de la religión degenera fácilmente en superstición, como sucede a todos los hombres ignorantes.[43]

El jesuita argumenta que existe una auténtica búsqueda de Dios en los indígenas, evidente en el término Teotl, de voz náhuatl, además que contaban con una idea imperfecta de un ser supremo, aunque la creencia en muchos dioses inventados por la superstición hiciera difícil creer este punto.

Si bien la labor de Clavijero en defensa del indio americano, específicamente en Mesoamérica, tuvo un fuerte impacto en su reivindicación en la sociedad europea del siglo XVIII, es importante analizar este logro en el momento en que ocurrió, una época en que el mestizo buscaba raíces profundas que le ligaran a la tierra americana, y lo indígena era el vínculo que se necesitaba, que los separara de las corrupciones del peninsular, pero al mismo tiempo les diera una identidad. De ahí vienen las reflexiones de varios pensadores ilustrados que arguyen que Clavijero hacía una defensa del indio antepasado, sin darle importancia al presente.

Conclusión

A la luz de los diferentes objetivos que los jesuitas pudieron llegar a tomar, manifiestos o no, es como se puede entender el trato que daban a los indígenas, especialmente a aquellos a quienes tomaban bajo su tutela para instruir en la religión cristiana. Si bien el objetivo principal era la evangelización, y de cierta manera la protección ante los abusos de los encomenderos, los abusos no fueron la excepción, aun cometidos en nombre de la civilización y la expansión del cristianismo.

Las reducciones en donde los jesuitas concentraban a los indios fueron escenario tanto de apoyo como de abuso para con los indios. Las diferentes fuentes con que se cuenta, en su mayoría textos redactados por los mismos jesuitas, no se puede apreciar del todo la realidad cotidiana, por lo que es difícil conocer las verdaderas condiciones tanto de trabajo como de vida que enfrentaban los indígenas. A pesar de esto, vale la pena recoger las palabras de Messmacher, cuando dice que “es preciso reconocer que las grandes sumas de dinero que se recogían como producto de estas gigantescas empresas [las haciendas jesuitas] no se gastaban en los individuos o miembros de la orden, sino en el mejoramiento de ésta”[44].

Las ideas y posturas en las que se encuadraban de forma individual los misioneros se hicieron evidentes en sus trabajos etnográficos, en los que plasmaban claramente cuál era su opinión acerca de las costumbres y cultura de los habitantes de las zonas que pretendieron evangelizar. No hay que perder de vista, evidentemente, que si bien existía una serie de reglamentos y líneas para determinar la actitud de los religiosos para con los indios, eran hombres de su época, y como tal, cargaban con una herencia cultural que los hacía creer superiores ante las organizaciones sociales menos avanzadas, llevando a posturas tan diversas, ya sea en defensa del indígena, como en Clavijero, o en un evidente desprecio por sus formas y costumbres, como es evidente en la obra de Baegert.

A fin de cuentas, el mantener al indio apartado del sistema de encomiendas y trabajo forzoso no implicaba que no se explotara su trabajo, pues mientras en un lado lo hacía en beneficio de un encomendero, en el otro lo hacía por el desarrollo de la misión. La alteración de su modo de vida fue la agresión más evidente que pudo llegar a sufrir el indio, a pesar de los argumentos que motivaban estas transformaciones y los buenos o malos tratos que pudo haber recibido una vez implantado el sistema de reducciones jesuitas.


[1] Manuel M. Marzal, La utopía posible. Indios y jesuitas en la América colonial (1549-1767), II, Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1994, p. 746.

[2] Cfr. Inmaculada Alva Rodríguez, “Francisco Javier Alegre (1729-1788): una aproximación a su obra teológica” en Anuario de Estudios Americanos, Sevilla, LXVIII, 1, enero-junio, 2011, p. 286.

[3] Miguel Messmacher, La búsqueda del signo de Dios. Ocupación jesuita de la Baja California, México, Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 260.

[4] La influencia de Acosta en la labor jesuítica será analizada más a fondo más adelante.

[5] Raúl Hernández Asensio, “Caciques, jesuitas y chamanes en la frontera sur de Buenos Aires (1740-1753)” en Anuario de Estudios Americanos, Sevilla, LX, 1, enero-junio, 2003, p. 84.

[6] Albó, Xavier, “Jesuitas y culturas indígenas. Perú 1568-1606. Su actitud, métodos y criterios de aculturación (Primera parte)” en América Indígena, Bolivia, XXVI, 3, julio, 1966, p. 270.

[7] Andrés Pérez de Ribas, Historia de las misiones de la provincia de Nueva España, citado en Marzal, Op. cit., p. 224.

[8] Marzal, Op. cit., p. 595.

[9] Messmacher, Op. cit., p. 317.

[10] Hernández, Op. cit., p. 86.

[11] Pérez de Ribas, Historia…, citado en Marzal, Op. cit., p. 208.

[12] Albó, Op. cit., p. 295.

[13] Marzal, Op. cit., p. 743.

[14] Hernández, Op. cit., p. 101.

[15] Pérez de Ribas, Historia…, citado en Marzal, Op. cit., p. 209.

[16] Nicolás de Arnaya, Memorial de la importancia del colegio de indios de Tepozotlán, citado en Marzal, Op. cit., p. 171.

[17] Marzal, Op. cit., p. 747.

[18] Messmacher, Op. cit., p. 198.

[19] Albó, Op. cit., p. 299.

[20] Cfr., Marzal, Op. cit., p. 233.

[21] Luis Xavier Velarde, Etnología y misión en la Pimería Alta (1715-1740), citado en Marzal, Op. cit., p. 261.

[22] Velarde, Etnología…, citado en Marzal, Op. cit., p. 265.

[23] Juan Jacobo Baegert, Noticias de la península americana de California, citado en Marzal, Op. cit., p. 340.

[24] Baegert, Noticias…, citado en Marzal, Op. cit., p. 348.

[25] Marzal, Op. cit., p. 747.

[26] Del Río, Ignacio, Conquista y aculturación en la California jesuítica. 1697-1768, 2ª ed., México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1998, p. 121.

[27] A pesar del esfuerzo de los jesuitas por mantener a las poblaciones nómadas de forma estable en las reducciones y misiones, muchas de ellas regresaron a sus hábitos de nomadismo. Cfr. Ibíd., p. 124-126.

[28] Ibíd., p. 137.

[29] Messmacher, Op. cit., p. 198.

[30] Ibíd., p. 208.

[31] Ibíd., p. 259.

[32] Del Río, Op. cit., p. 142.

[33] Messmacher, Op. cit., p. 204.

[34] Del Río, Op. cit., p. 144.

[35] Cfr. Ibídem.

[36] Arnal Simón, Luis, “Formación de las haciendas jesuitas en el norte de México. El caso del colegio de Zacatecas” en Sandra Negro y Manuel M. Marzal (comp.), Esclavitud, economía y evangelización. Las haciendas jesuitas en la América Virreinal, Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2005, p. 132.

[37] Cfr., Ibídem.

[38] Pérez de Ribas, Historia…, citado en Marzal, Op. cit., p. 214.

[39] Ibíd., p. 218.

[40] Marzal, Op. cit., p. 175.

[41] Ibíd., p. 179.

[42] Francisco Javier Clavijero, Historia del México Antiguo, citado en Marzal, Op. cit., p. 182.

[43] Clavijero, Historia antigua…,  citado en Marzal, Op. cit., p. 183.

[44] Messmacher, Op. cit., p. 202.

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