El eurocentrismo en la Historia

El estudio de la Historia como ciencia es de reciente aparición, apenas en el siglo XIX comienzan como tal los estudios metódicos sobre el pasado del hombre, y desde entonces han surgido diferentes corrientes historiográficas, es decir, escuelas de pensamiento respecto a cómo se debe estudiar la historia, qué es lo fundamental, qué es lo histórico y, evidentemente, qué no lo es. Sin embargo, un concepto ha sido predominante en la mayoría de estas corrientes, un concepto que insiste en poner a occidente, y más específicamente, a Europa, en el centro mismo de la historia, es decir, de la existencia humana. Es a esto a lo que llamamos eurocentrismo.

No es casualidad que se sitúe al occidente de Europa (pues no se refiere a todo el continente) como el centro y origen de la civilización humana. Es en este territorio en donde surgen las civilizaciones clásicas, dónde Carlomagno funda su Imperio, donde inician las exploraciones y descubrimientos, donde estalla la Revolución Francesa y nace la Industrial. Muchos eventos de gran magnitud en el paso del hombre por la tierra han sucedido y se han gestado en estos territorios, sin embargo, el eurocentrismo va mucho más allá, y es quizá la razón de algunos preceptos sumamente arraigados en nuestro presente.

Pasado oriental, presente occidental

Europa se ha proclamado a sí misma heredera del saber humano de la Antigüedad, afirmación nada disparatada, pues fue Bizancio, y después los mercaderes italianos quienes conservaron el saber y los conocimientos griegos de las épocas clásicas y, por consecuencia, de los Reinos Helenísticos, de Mesopotamia, Siria y Egipto, entre otros. Sin embargo, con el inicio de la Historia como ciencia, Europa se sitúo a sí misma también, como el culmen del espíritu, legitimada por las ideas ilustradas y el progreso industrial del siglo anterior.

Se propuso, pues, una teoría, que pronto adquirió la categoría de ley. Todo camino humano había de pasar por un progreso similar, una serie de etapas que cada cultura y civilización debía vivir para llegar a la plenitud, es decir, a la modernidad occidental. De esta manera, casa uno de los periodos históricos por los que el hombre había pasado eran ingredientes necesarios para llegar a lo que hoy es Europa. La teoría fue aceptada, y tomada como verdad, y no sólo hasta el XIX, sino desde muchos siglos antes. Esto es lo que podemos llamar evolución unilineal.

Estudios y análisis posteriores han desvirtuado a esta evolución unilineal, y se ha optado por la evolución multilineal. Según palabras de Angel Palerm, “las diferenciaciones iniciales entre las culturas primitivas habían tenido su punto de arranque en los recursos que el ambiente podía ofrecer […] la primera gran división de la humanidad corre a lo largo de la línea establecida por la invención de la agricultura, por el paso de los sistemas económicos parasitarios a los sistemas de producción.”[1]. Pero, ¿a qué se refiere al decir primera gran división? Precisamente a eso, a que la historia de la humanidad no es una línea continua que siempre se dirige a la superioridad, al mejoramiento del espíritu, sino que existen diversos caminos para el avance a través del tiempo, y no todos enfocados a los mismos fines.

Entonces llegamos a un término que ha causado muchos debates y serios análisis: el progreso. ¿Es el progreso el mejoramiento de la vida humana? ¿O el progreso es la procuración de bienes materiales? Estos puntos será conveniente que los analicemos un poco más adelante.

La Edad Media y el oscurantismo

Europa ha sido el territorio más documentado y estudiado por medio de la Historia, probablemente porque es ahí mismo donde nació la ciencia como tal, y por lo tanto, ha aprovechado mejor los recursos con que cuenta. El glorioso pasado del continente puede empezarse a citar desde la aparición de las polis griegas, para tener su punto mayor en el Imperio Romano. Sin embargo, el colapso de éste y las invasiones germánicas representan un punto de quiebre en la evolución hacia la perfección que los historiadores del XIX gustan retratar.

No es sólo el colapso de la hegemonía romana y la división del pueblo tras las invasiones, sino que hay un gran decremento en la cantidad de documentos con que el mismo historiador cuenta. El derecho romano tiene uno de sus puntos más fuertes en el documento escrito, sobre todo en contratos, mientras que el derecho germánico se fía más de la palabra hablada, y de la presencia de testigos. Esta costumbre se arraigo fuertemente en los primeros tiempos feudales, en los que los rituales de vasallaje eran fundamentalmente orales. Esta situación cambió en los siglos XII y XIII, cuando de nuevo se utilizó el documento escrito, para dar legitimidad a los contratos y acuerdos convenidos.

Este periodo es por todos conocidos como la Edad Media, o el oscurantismo, cuando el orden establecido y mantenido por siglos colapsó y se dio un retroceso en materia económica, es decir, se paso del esclavismo al feudalismo, el cual sólo cubría las necesidades inmediatas de los señores feudales, antes que de un imperio[2]. De esta manera, desde el punto de vista del siglo XVI y posteriores, se entró a una etapa de decadencia, en la que el hombre se rebajó y perdió la cultura ya obtenida. Las culturas antiguas, y sobre todo, las clásicas, ganaron un esplendor inusitado, fueron añoradas y se intentó recrearlas lo más posible.

Sin embargo, qué tanto de esta supuesta superioridad de los antiguos es cierta. Muchos conceptos de nuestros días vienen de aquellas civilizaciones, pero no se conservan tal cual fueron concebidas. Tomemos por ejemplo la democracia griega, específicamente la ateniense. Mientras que hoy en día es un modelo de perfección y respeto al pueblo, vale la pena rescatar las palabras de Perry Anderson, cuando menciona que “a pesar de los acentos populares del gobierno ateniense, los fundamentos democráticos interiores del imperialismo de Pericles generaron necesariamente la explotación dictatorial de sus aliados jónicos[3]”, mientras que más adelante menciona: “la naturaleza democrática de la polis ateniense, cuyo principio no era la representación, sino la participación directa[4]”. De tal manera, lo que hoy entendemos como herencia de los atenienses, y fundamento de la perfección democrática, no era tal como hoy la concebimos en sus orígenes.

Según las ideas de los ilustrados, el principado romano fue la época más feliz de la humanidad[5], pues fue cuando más se impulsaron las artes, las ciencias, el conocimiento, en contraste con el oscurantismo medieval, en que se muestra a la Iglesia como impulsora de la ignorancia y el retroceso intelectual. Este pasado vergonzoso debía ser devaluado, lo cual fue hecho desde siglos antes, con el Renacimiento, el cual conocemos como el resurgimiento del espíritu, de la razón, de la belleza. Nada más equivocado, pues un hombre no despierta un día siendo moderno y dejando de ser medieval. El paso por la llamada edad oscura es una parte del proceso unilineal que proponen los historiadores europeos del XIX, en el que se da una depuración y un perfeccionamiento para llegar a la modernidad, etapa casi perfecta que enarbolan los reinos occidentales a partir del siglo XVI.

El problema de América

Las cosas se complican en los años posteriores, pues se da el descubrimiento de un nuevo territorio: América. “Desde el descubrimiento hasta nuestros días, América no ha dejado de plantear problemas esenciales a la antropología como disciplina histórica y como ciencia social”[6]. Incluso desde el punto de vista teológico, el nuevo continente representaba un cuestionamiento a los conocimientos establecidos, pues no se sabía de dónde provenían estos hombres, se llegó a especular incluso que eran descendientes de una tribu perdida de Israel. Haciendo un análisis, hasta el mismo nombramiento del hecho destaca la centralidad de Europa, pues América fue descubierta, rescatada de la ignorancia y la vida salvaje.

Según el pensamiento occidental, “tres eran las formas de la divinidad, como tres eran las masas continentales: Europa, Asia y África. ¿Cómo explicarse entonces la aparición de un cuarto continente?[7]” Pensadores europeos destacados han llegado a sostener que “América pertenece al porvenir y por eso carece de historia. La Historia Universal comienza en Asia; pero sólo adquiere plenitud espiritual en Europa”[8]. De esta manera, se entiende muy bien que los reinos europeos, en especial los del territorio español, sintieran la responsabilidad de guiar a los habitantes del territorio nuevo. Isabel de Castilla y Fernando de Aragón “se convertían en baluartes de una cristiandad sacudida hasta los cimientos”[9] tras la expulsión de los moros y los judíos de sus territorios, y el hallazgo de las nuevas poblaciones. La responsabilidad estaba ahí, pues a diferencia de musulmanes y judíos que, conociendo la religión cristiana no la adoptaban, y por tanto eran infieles, los indios de América eran ignorantes de estos hechos, y debían ser educados.

En América no sólo se impone la religión de los occidentales, sino el modo se vida, el gobierno, la economía, el sistema de clases sociales y división de trabajo, es decir, todo el modo de vida europeo. No importó que los pueblos prehispánicos gozaran ya de una civilización perfectamente establecida y funcional, a los ojos de los invasores eran atrasados, pueblos salvajes que debían ser educados y llevados por el camino correcto, por el camino de la evolución unilineal, y debían compartir el pasado ideal que los occidentales ostentaban.

El nuevo pensamiento histórico

Hoy en día, muchos de estos conceptos han caído en desuso, tanto por ser considerados arcaicos, como por haber sido enfrentados varias veces a los nuevos descubrimientos y teorías. Actualmente es difícil hablar de progreso, más bien se habla de adaptación al medio, dominio tecnológico, integración, etc.[10] Y también se habla ya de una dicotomía, de una historia de oriente y otra de occidente, es decir, se reconoce que los pueblos tienen un desarrollo desigual, tanto temporal como conceptualmente, no se persiguen los mismos fines, no se usan los mismos medios, por tanto, no se llegan a los mismos resultados.

Julian H. Steward propone que “las semejanzas entre las primeras civilizaciones […] son de desarrollo y no de carácter cronológico”[11]. Por lo tanto,  algunas culturas comparten etapas de desarrollo, en diversos tiempos y espacios, como pueden ser Egipto, Mesopotamia, Perú o México. Sin embargo, esto no significa que cada una de las culturas humanas deba pasar por estos periodos para consolidarse. Las civilizaciones mesoamericanas gozaban de un desarrollo admirable, lo mismo que el Imperio Inca, a pesar que éstos últimos no tenían escritura, por el simple hecho que no la necesitaban. ¿Podemos decir por ellos que los mexicas o los mayas eran superiores a los incas?

“La noción de progreso, como una medida objetiva susceptible de aplicación universal, tampoco es válida, puesto que los procesos de desarrollo son diferentes. […] El concepto de progreso es subjetivo, propio a cada sociedad y estimado en función de las ideas y de los valores de cada cultura”[12]. Por tanto, no podemos hablar hoy en día de culturas avanzadas o retrasadas, no podemos establecer unos parámetros de cultura a las que todos los pueblos deben llegar para ya no ser considerados salvajes. “Los evolucionistas del XIX pretendían ofrecer un solo esquema total de la evolución unilineal de la humanidad”[13], pero hoy en día sabemos que ese modelo ya no es válido. No es necesario cumplir una serie de requerimientos para ser considerados inteligentes, o hasta humanos Cada pueblo debe adaptarse a su medio del modo que más le favorezca.

Por lo tanto, el concepto de Historia Universal es ya impreciso y arcaico, resulta imposible englobar a toda la humanidad bajo un sólo concepto, bajo una sola línea progresiva que siempre avanza hacia la mejora. La historia humana es mucho más compleja que eso, involucra muchas vertientes, muchas necesidades y satisfactores diferentes. Hoy resulta absurdo creer que una cultura es la primera, que un pensamiento es el fundamental, que un imperio es el máximo, o que una corriente de pensamiento es la correcta, pues así como hay hombres en el mundo, hay verdades, hay experiencias únicas, y hay puntos de vista y metas por alcanzar diferentes, dignas cada una por el solo hecho de ser.


[1]    Angel Palerm, “Evolucionismo: unilineal, multilineal” en Agricultura y sociedad en Mesoamérica, México, Gernika, 1992, p. 13.

[2]    Para un análisis profundo sobre el paso del esclavismo al feudalismo, se recomienda la lectura de Perry Anderson, Transiciones de la antigüedad al feudalismo, México, Sigo XXI, 2007.

[3]    Perry Anderson, Transiciones de la antigüedad al feudalismo, México, Sigo XXI, 2007, p. 37.

[4]    Ibid., p. 38.

[5]    Ibid., p. 73.

[6]    Angel Palerm, Op. Cit., p. 5.

[7]    Armando Pavón, “La hegemonía europea y la primera integración planetaria” en Ramírez, C.I., Conocimientos fundamentales de Historia, Vol. I, México, UNAM-McGraw Hill, Colección conocimientos fundamentales, 2009, p. 128.

[8]    Angel Palerm, Op. Cit., p. 9.

[9]    Carmen Bernard y Serge Gruzinski, “1492” en Historia del Nuevo Mundo. Del Descubrimiento a la conquista. La experiencia europea, 1492-1550, México, FCE, 1996, p. 52.

[10]  Angel Palerm, Op. Cit., p. 11.

[11]  Ibid., p. 18.

[12]  Ibid., p. 22.

[13]  Ibid., p. 21.

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