La independencia de Uruguay: emancipación e intervencionismo

Un análisis adecuado de la revolución de independencia del territorio de Uruguay implica una serie de factores que van más allá del relato de las batallas o la biografía de los héroes nacionales. Tanto la independencia del Río de la Plata, las invasiones británicas, las pretensiones portuguesas por la posesión del territorio de la Banda Oriental, el nacimiento de la identidad nacional hispanoamericana, las políticas del comercio libre o los grupos de poder en el mismo territorio oriental, intervinieron a modo de causas en este proceso revolucionario. El presente ensayo pretende, de manera somera, hacer un recorrido por estos factores, con el fin de obtener un panorama más amplio acerca de los factores que intervinieron en uno de los procesos independentistas que más obstáculos tuvo que vencer para lograr la emancipación, ya no digamos de España, sino de todas las potencias que pretendían dominarla.

Por medio del análisis de textos de historiadores contemporáneos, con diferentes escuelas de pensamiento, se hace un análisis de los factores internos y externos que contribuyeron, al final de periodo estudiado, primero a la independencia del Río de la Plata, del que el territorio actual de Uruguay formaba parte, a la independencia de la Banda Oriental, que por la Constitución de 1830 adquirirá la denominación de Estado Oriental del Uruguay. En este análisis, más que hacer un recuento de los principales acontecimientos, batallas o personajes, se estudian aspectos económicos, sociales, culturales e ideológicos que culminaron en una serie de intereses en conflicto sobre un mismo territorio. Además, se buscará definir cuál era la causa o las causas principales del avivado interés de las potencias de la época por el dominio de la región, así como la participación de los diversos grupos de poder dentro de la Banda Oriental, hacia qué lado se inclinaron en cada situación, y cómo influyeron en la consecuente independencia y desarrollo de la naciente república. Por tanto, a continuación se analizan estos factores ya mencionados, en la búsqueda de un cuadro más completo acerca del proceso emancipador de Uruguay.

El origen de las nacionalidades hispanoamericanas

El fenómeno de las revoluciones de independencia en los territorios hispanoamericanos, especialmente en aquellos ocupados por el imperio español, presenta características muy particulares, sobre todo si se le quiere comparar con el surgimiento de las naciones en la Europa occidental. Siguiendo los argumentos de Benedict Anderson[1], podemos argüir que las situaciones específicas, temporales, geográficas, culturales e históricas, tanto a nivel local, como a nivel internacional, fueron factores esenciales para la creación de este sentido de nación en las poblaciones que posteriormente habrían de constituirse en repúblicas hispanoamericanas.

La propuesta de Anderson es clara, no se puede medir el origen del nacionalismo hispanoamericano bajo los mismos estatutos de los territorios europeos o del sudeste asiático, pues ni la diferencia de lengua, ni el impulso de las clases bajas propiciado por las clases medias son factores existentes en el continente americano[2]. Su propuesta exige un análisis más profundo de los factores que influyeron en este surgimiento, que por cierto, no fue súbito ni accidental: un proto-racismo basado en el lugar de nacimiento, más que de origen racial, y el movimiento (llamado por Anderson “peregrinaje secular”) de los funcionarios absolutistas entre los territorios del imperio hispano[3], además de la identidad de los afectados por estos factores en la difusión de ideas impulsado por la imprenta y la aparición de periódicos en el territorio americano.

La separación tan evidente que existió a lo largo de todo el periodo colonial, pero más acentuado a partir de las Reformas Borbónicas, y especialmente el reinado de Carlos III, respecto a la dignidad entre peninsulares y criollos en las funciones del gobierno, fue un factor que en un inicio funcionó para controlar a la población criolla[4], pero después habría de ser el impulsor de la creación de una idea de comunidad. Al saberse excluidos de los altos cargos de gobierno en España, e incluso en su mismo territorio de nacimiento, lo criollo se convirtió en una identidad propia, alejada del americano puro, pero también separada de su origen europeo. Por tanto, no extraña que las revoluciones de independencia a partir de 1810 fueran perpetradas e impulsadas por los criollos, no por los indígenas.

Por lo tanto, el origen del nacionalismo hispanoamericano que se expresará en las revoluciones de independencia debe buscarse desde las raíces sociales, políticas y económicas del siglo xviii, especialmente la segunda mitad, raíces que afectaron profundamente los intereses y la posición de los criollos en la sociedad colonial. De acuerdo con John Lynch, “sin negar la soberanía de la corona, o incluso los vínculos con España, los americanos empezaban a poner en duda las bases de su fidelidad”[5], y no es de extrañar, pues la segunda conquista, tal como la menciona este autor, que se manifestó en un mayor control de la población criolla por medio de las reformas en materia administrativa, política y económica impuestas por Carlos III sobre las colonias, afectaron gravemente la posición privilegiada que la población criolla gozaba.

La sociedad colonial se encontraba claramente estratificada, primero en la diferencia entre indios, negros, mestizos y blancos, y en segundo lugar, entre peninsulares y criollos, teniendo cada uno de estos grupos sociales una posición claramente marcada, especialmente tras las reformas borbónicas. Esta estratificación, además de elementos como la abolición de repartimientos, la imposición del sistema de intendencias, la reducción de los fueros y privilegios de la Iglesia, la expulsión de los jesuitas o el mayor peso dado al ejército regular por sobre las milicias, significaron un cambio de posición para los criollos en América, que estaban acostumbrados a comprar cargos y a mantener relaciones de clientelazgo entre los funcionarios del gobierno, los mercaderes y los importantes terratenientes, que se colocaron a la cabeza del sistema social de la Colonia. El control económico más estrecho que se experimentó en América en la segunda mitad del siglo xviii significó un cambio respecto al grupo social de los criollos a favor de los peninsulares, que además llegaron en importantes cantidades en esta llamada segunda conquista, una “nueva invasión española del comercio y los cargos oficiales”[6], haciendo aún más difícil el ascenso social de los criollos, tanto en el Imperio español, como en las mismas colonias. Todos estos elementos no hicieron sino aumentar la frustración de los criollos, además de poner en peligro su situación al permitir la movilidad social de las castas, por ejemplo, al permitirse el ingreso de los pardos a las milicias, con lo que podían adquirir riqueza o privilegios, asunto que preocupó gravemente a los criollos, quienes ya no confiaron plenamente en la metrópoli para brindarles protección, “estaban atrapados entre el gobierno imperial y las masas populares”[7].

Aunado a estos elementos, el nacionalismo incipiente motivó a los movimientos independentistas de diversas formas. La identidad americana de los criollos, que no se consideraban indios, pero tampoco españoles, se manifestó por medio de diferentes vehículos, como pueden ser los libros de los jesuitas expulsos, las investigaciones científicas que derivaron en publicaciones regionalistas, e incluso una cierta, pero no muy importante influencia de las ideas ilustradas. Dice Lynch que “la mayor amenaza contra el imperio español procedía de los interés americanos más que de las ideas europeas”[8] y es que los criollos, más que buscar una separación de España por razones ideológicas, lo hicieron para proteger su posición y sus intereses, tanto del nuevo imperialismo borbónico, como de las masas populares de esclavos e indios, que habían probado ser peligrosos en la revolución de independencia de Haití.

Finalmente, el autor menciona que la oportunidad que este nacionalismo incipiente buscaba se manifestó en la crisis del gobierno de España en 1808, pero no tanto como un pretexto para reclamar la soberanía de los territorios hispanoamericanos, sino como un factor que aceleró esta emancipación. Esta crisis, provocada por la invasión napoleónica, acentúo los problemas de intercambio y comercio entre las colonias y Europa, con lo que se perdía la poca protección que la metrópoli aportaba a los mercaderes americanos. La Constitución de 1812, redactada por los liberales españoles, declaraba que España y América eran una sola nación, pero no daba igual representación a criollos, ni se permitía un verdadero libre comercio, por lo que los criollos americanos se vieron en la necesidad de decidir a quién obedecerían, si a Napoleón, a los Borbones caídos o a los liberales españoles, y al darse la situación que perderían sus privilegios de aceptar cualquiera de estas posibilidades, la independencia parecía un camino satisfactorio.

La economía y sociedad rioplatense colonial

La Banda Oriental, es decir, los territorios que actualmente se forma parte de Uruguay, además de otras zonas pertenecientes a Brasil, representaba un caso excepcional en las colonias americanas, pues a decir de José María García, “carecía de recursos que ofrecieran un rápido enriquecimiento, tales como metales o piedras preciosas”[9], por lo tanto, no era del interés de los conquistadores primero, de los encomenderos después, y demás grupos de poder económico a lo largo de la Colonia, por no aportar riqueza inmediata. Sin embargo, la zona siempre fue causa de conflicto entre España y Portugal, siendo ésta última una fuerte fuerza invasora a lo largo de todo el periodo colonial. Por tal razón en el siglo xviii, “con pobladores bonaerenses, y precio desalojo de algunos portugueses asentados en el puerto de Montevideo, se funda, por iniciativa del gobernador Zavala, la ciudad de Montevideo”[10], con el fin de asegurar la pertenencia del territorio a la Corona española. Con esta ocupación del territorio también se prohibió la colonización del interior, convirtiéndose en una zona dedicada casi exclusivamente a la ganadería, incluso en detrimento de los agricultores, situación que se agravará ya iniciado el proceso emancipador de la Banda Oriental.

Los reglamentos de libre comercio promulgados por Carlos III influirán de gran manera en la vida económica y social de la Banda Oriental, así como de todo el virreinato del Río de la Plata.  Dice García que “Montevideo se beneficia de este reglamento [libertad de comercio] y da comienzo un desarrollo comercial que rivaliza con Buenos Aires”[11], situándose como uno de los puertos de entrada y salida de mercancía más importantes de la zona, lo que contribuyó aun más a las diferencias de intereses respecto al territorio.

La autonomía que gozará el puerto de Montevideo a lo largo del proceso independentista, así como los diversos controles a que será sometido, sin embargo, no serán causa de decadencia ni del mismo puerto, ni de la zona, pues, como ya se mencionó, era un puerto que rivalizaba directamente con Buenos Aires. Por tanto, menciona Rodolfo Puiggros que “la separación de España y el comercio libre no modificaron la estructura económico-social de las sociedades que rodeaban al Río de la Plata”[12], mucho menos lo haría en el caso específico de Montevideo.

Proceso de la independencia uruguaya

El proceso de independencia, primero de España, después de Buenos Aires, y finalmente de Brasil, pasa por varias etapas, en las que diversos grupos de poder, ideas e intereses económicos y sociales jugaron un papel importante. La comprensión de todo el proceso emancipador de Uruguay debe analizarse desde la perspectiva de los periodos que se vivieron, tomando en cuenta los diversos factores que jugaron en la toma de decisiones. Es por esto que García menciona que “el movimiento independentista se encuentra unido en sus comienzos a la invasión británica del río de la Plata, la figura del oficial blandengue José Gervasio Artigas y a la anexión de la Banda Oriental al imperio de Brasil”[13], sin tomar en cuenta todos los factores que entraron en juego en las etapas posteriores.

La revolución de independencia uruguaya puede dividirse en tres periodos: la crisis monárquica, el proceso independentista de Artigas y la República Cisplatina. Cada uno de estos periodos contiene episodios de suma importancia, los cuales no se analizarán aquí en profundidad, prefiriendo el análisis de elementos sociales, políticos y económicos.

El periodo de la crisis monárquica inicia incluso antes de las invasiones napoleónicas, específicamente en 1806 con la invasión británica a Buenos Aires, invasión que fue enfrentada por los mismos pobladores más que por las fuerzas militares españolas, con lo que el pueblo se convenció de la precariedad de suposición y el poco apoyo recibido de parte de la metrópoli. Además, y tal vez sea más importante, menciona Ana Ribeiro que en este periodo se estableció “contacto con teorías políticas diferentes y con las ventajas del libre comercio”[14]. Posteriormente, la invasión napoleónica a España provocaría la Revolución de Mayo en Buenos Aires, la independencia del virreinato del Río de la Plata y la división de intereses entre Buenos Aires y las provincias, tema que se analizará más adelante. Dice Ribeiro, de este periodo, que “por nueve meses la Junta de Montevideo actuó en nombre del rey, pero de manera autónoma a España y Buenos Aires”[15].

Sin embargo, Montevideo se encuentra dividida, pues no toda la población se mantiene fiel a la Corona, ya que un importante contingente, al mando de José Gervasio Artigas, con el apoyo de la Junta de Buenos Aires, comienza una campaña para sitiar Montevideo. Podemos decir que comienza el segundo periodo del proceso emancipador, encabezado por Artigas. El conflicto se mantiene principalmente con España, y los afiliados a la lealtad a la Corona. Sin embargo, se vislumbra ya el intervencionismo portugués en este periodo, pues “[el virrey] Elío solicitó ayuda a Portugal, que rápidamente envío tropas que ocuparon el territorio nacional”[16], con lo que comienza el conflicto con la colonia portuguesa de Brasil. Ante la entrada de tropas portuguesas, se hace evidente la nula protección aportada por Buenos Aires a los habitantes de la Banda Oriental, con lo que oficialmente da comienzo el mandato político de Artigas, dando paso a la formación de la Liga Federal, el proyecto agrario, y las Instrucciones de 1813. Finalmente, Artigas es derrotado por los portugueses, con lo que pierde el liderazgo de la Liga y se autoexilia a Paraguay, finalizando su participación en el movimiento emancipador.

Con el dominio portugués se inicia el tercer periodo, con la creación de la República Cisplatina, pues “Montevideo recibió entonces con beneplácito a las tropas del general Lecor y la provincia fue incorporada al Imperio portugués por el Congreso Cisplatino, en 1821”[17]. Esta incorporación coincide con las revoluciones liberales en la península, y con la independencia de Brasil y su constitución como Imperio. Consecuencia de esto fue la división interna en la República Cisplatina, entre los partidarios de mantenerse fieles a Portugal o de los anexionistas a Brasil, manteniéndose triunfantes éstos últimos. Al tiempo de estos movimientos, se dio una transformación en la mentalidad colectiva, explotada por los bonaerenses en vista a recuperar la Banda Oriental. “Se combinó el sentimiento diferencial de lo oriental-hispano en contraposición a lo lusitano”[18].

En estrecha colaboración con Buenos Aires los Treinta y Tres Orientales, un grupo de militares artiguistas con la misión de liberar a la Banda Oriental de la dominación brasileña, mantuvo una lucha armada de 1825 a 1828, que habría de culminar con la firma de la Convención Preliminar de la Paz en 1828, que sin embargo, fue “firmada por los países vecinos y litigantes, sin participación de los dirigentes orientales que habían sostenido la rebelión”[19]. En la firma de esta convención participó, además, el gobierno de la Gran Bretaña, que tenía importantes intereses en el conflicto y en la región, temas que se analizarán más adelante. Finalmente, a independencia de la Banda Oriental se consumó, consolidándose en la Constitución de 1830, que daba el nombre de Estado Oriental del Uruguay, a la nueva república, cuya soberanía se encontró en la nación.

Buenos Aires y las Provincias, confrontaciones económicas e ideológicas

Una de las características del movimiento independentista uruguayo es el conflicto que mantuvo con Buenos Aires tras la independencia del Río de la Plata. La Banda Oriental “políticamente era dependiente de la Gobernación del río de la Plata y posteriormente del Virreinato del mismo nombre”[20], por lo que a la independencia del virreinato, los bonaerenses presumieron que poseerían los territorios orientales, junto con las ventajas económicas que esto traería, más tomando en cuenta que, en palabras de Puiggros, “la revolución de Mayo de 1810 tuvo lugar en momentos de extraordinaria prosperidad económica para el Río de la Plata”[21], prosperidad que buscaban acentuar controlando el puerto de Montevideo. La caída del monopolio español benefició grandemente al comercio bonaerense, principalmente con Gran Bretaña, contrastando el antiguo sistema basado en la servidumbre y la esclavitud, con los beneficios del libre comercio y la explotación ganadera. La posesión de un puerto que competía directamente con Buenos Aires se convirtió, por tanto, en una propiedad de la nueva nación y sus gobernantes.

Sin embargo, la posición de la Banda Oriental no fue tan fácilmente definida por Buenos Aires. “A la desobediencia de la Provincia del Paraguay siguió la desobediencia de la Banda Oriental”[22], especialmente por el grupo de comerciantes españoles que, al haber huido de Buenos Aires, se establecieron en Montevideo, haciéndose incluso más fuertes. De estas razones económicas es que surge la lógica de la expedición enviada por Buenos Aires a mando de Artigas por recuperar la Banda Oriental, entre otras provincias que Buenos Aires pretendía seguir dominando. Sin embargo, más que el control de los puertos y los recursos, un gran obstáculo se interpuso ante esta integración, es decir, que “desde su iniciación la política económica del gobierno de Buenos Aires se orientó a dar satisfacción a los comerciantes y ganaderos bonaerenses”[23], dejando a un lado los intereses de los demás grupos en las provincias.

La postura que Artigas tomaría, así como los principales actores orientales, ante la invasión portuguesa y la falta de apoyo de Buenos Aires, tenía su fundamento en las diferencias de intereses económicos y sociales ya mostrados por la nueva metrópoli. A decir de Alfredo Traversoni, “el antiporteñismo […] tuvo la oportunidad de la síntesis en la concepción ideológica que animó el programa artiguista”[24]. Las diferencias entre los bonaerenses y los orientales se hicieron cada vez más acentuadas, desembocando en una lucha por la independencia ya no de España, sino de la misma Buenos Aires. “El problema económico se transformó así en un problema político y militar”[25].

Gran Bretaña y Portugal: intervencionismo e intereses económicos

Una de las principales características de los movimientos de independencia hispanoamericanos es el intervencionismo extranjero, principalmente de las grandes potencias en expansión y en oposición a la política económica decadente de España. En el caso uruguayo destacan dos naciones que intervinieron de forma muy clara y directa, es decir, Gran Bretaña y Portugal. Las intervenciones no fueron sutiles, más bien, se manifestaron de tal manera que fueron causa del nacionalismo uruguayo. Bien dice Traversoni que “en la acentuación de las tensiones externas (antiespañolismo, antiporteñismo, antilusitanismo), quedó más afirmado el sentimiento de la orientalidad”[26]. Sin embargo, más allá de profundizar en las razones que movieron la idiosincrasia uruguaya, es necesario entender qué intereses movían a estas dos potencias a intervenir en el proceso emancipatorio de la Banda Oriental.

Los intereses ingleses eran puramente económicos. No se debe olvidar que Gran Bretaña se encontraba en plena Revolución Industrial en la época de las revoluciones hispanoamericanas, y que el principal objetivo económico de los ingleses era la búsqueda de mercados para colocar sus mercancías. Los puertos de Buenos Aires y Montevideo eran de especial interés para los ingleses, pues eran la ruta de salida de los minerales del Potosí, máxima fuente de plata de las colonias españolas. Si bien el intervencionismo inglés comenzó desde fechas anteriores a la Revolución de Mayo, con las invasiones militares, el apoyo de las grandes potencias era de gran utilidad para los gobiernos patriotas. “Los comerciantes ingleses […] no podían abandonar sus intereses en el Plata […] se negaron decididamente a que se les cortara un tráfico tan ventajoso y apoyaron a la Junta de Buenos Aires”[27]. Estos intereses eran de gran importancia, tanto para los ingleses como para los mercaderes asentados en el Río de la Plata, en su mayoría españoles. Uno de los indicadores más reveladores de la importancia de la penetración mercantil de Gran Bretaña en el Río de la Plata lo da la diferencia de precios entre las manufacturas locales y las traídas desde la isla británica. El dato que nos da Puiggros es sumamente revelador: “la diferencia de precio entre el artículo inglés y el artículo criollo de la misma especie era por lo general superior al 50 por ciento”[28].

La participación portuguesa es más política que la de Gran Bretaña, pero también involucra intereses económicos. La posesión de la Banda Oriental por parte de Portugal fue, desde décadas antes, un motivo de conflicto en la península ibérica, pues la posesión del puerto de Montevideo representaba un mayor control de las mercancías que fluían por el río de la Plata. A pesar de existir anteriormente una serie de acontecimientos de enfrentamiento entre España y Portugal, la más importante participación portuguesa se da con la entrada de tropas en auxilio del virrey Elío y contra las tropas de Artigas. La Banda Oriental se convierte en una posesión portuguesa en 1821, representado en ese momento una desventaja tanto para los orientales como para Buenos Aires, a pesar que en este periodo se vivió una bonanza económica en la zona, aunque en beneficio de Portugal. El grito de Ipiranga, por el que Brasil comienza su proceso independentista de Portugal, significó un verdadero conflicto en la Banda Oriental, entre quienes apoyaban la lealtad a Portugal y los que promulgaban la adhesión a Brasil.

Si bien en este último periodo del proceso independentista uruguayo existió una importante participación de milicias orientales, fue de nuevo el intervencionismo el que decidió el resultado de las batallas. Menciona Traversoni que no fueron las tropas revolucionarias quienes culminaron la lucha, ya que “en febrero de 1826, requerido por las partes, el gobierno británico se dispuso a mediar en el conflicto argentino-brasileño […] su objetivo era la paz; el comercio sufría serios perjuicios”[29]. De nuevo, los intereses económicos de las potencias serán quienes determinen el rumbo de la nueva nación. El proceso independentista culmina, pues, con una negociación diplomática en que los revolucionarios no tuvieron opinión, el comercio inglés no se vio más afectado por las luchas, la competencia con Buenos Aires se mantuvo en términos que los mismos ingleses acordaron, y se logró la paz que convenía a las potencias. “La diplomacia inglesa […] saluda el nacimiento de una nueva nación”[30].

Conclusiones

Hablar de las independencias hispanoamericanas conlleva discursos varios, análisis de causas y consecuencias, y sobre todo, comprensión del contexto mundial que rodea a estos procesos políticos, económicos y sociales. Si bien la identidad nacional hispanoamericana se fue gestando poco a poco a lo largo de todo el periodo colonial, serán las circunstancias históricas alrededor de los inicios del siglo xix las que provocaran los movimientos de independencia, cada uno con sus características muy particulares.

El caso uruguayo es quizá uno de los más interesantes, por la gran variedad de factores que intervinieron, tanto internos como externos, ideológicos, culturales, raciales, económicos y políticos. Es un proceso en el que intervinieron, además de la colonia y la metrópoli, potencias económicas a nivel mundial, grupos de poder, nuevos gobernantes criollos, caudillos y población común de la Banda Oriental. Quizá uno de los aspectos que más análisis merece es precisamente la balcanización que ocurrió en el virreinato del Río de la Plata, proceso que fue más prolongado y doloroso precisamente en la Banda Oriental, por la cantidad de intereses que estaban en juego en la posesión de esta zona geográfica.

La participación de caudillos y militares originarios de la Banda Oriental es sin duda importante, aunque no definitiva en la consolidación de la nación uruguaya. Es curioso que su mayor caudillo, José Gervasio Artigas, fuera vencido y se autoexiliara muchos años antes de la consumación de la independencia, e incluso no viviera para ver realizado su sueño. Sus principales aportaciones por el bien del pueblo, la repartición agraria y las Instrucciones de 1813 nunca fueron tomadas en cuenta en la construcción de la nueva república, el bienestar de la población fue el menor motivador de la emancipación real.

La independencia de la Corona española fue un proceso inicial, el verdadero conflicto fue la disputa de las potencias que deseaban poseer el territorio, desde la nueva nación asentada en Buenos Aires, hasta la Corona portuguesa primero, y el Imperio brasileño después. No es curioso, por tanto, que la consumación de la independencia fuera una labor diplomática inglesa, más que resultado de la lucha de los patriotas. Sin duda, el caso uruguayo es uno de características muy particulares, y por lo mismo, resultado de una gran variedad de influencias que culminaron en acuerdos y firmas de convenios.


[1] Especialmente el capítulo IV de su obra: Benedict Anderson, “Los pioneros criollos” en Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo, México, FCE, 1993, pp. 77-101.

[2] Ibid., p. 77-80.

[3] Este movimiento, según destaca Anderson, era mucho más holgado para los peninsulares, que podían ir de provincia en provincia del imperio español y regresar a la metrópoli, en contra del movimiento de los criollos, que solamente podían ejercer sus funciones en su mismo territorio o en una o dos de las provincias americanas, siéndoles imposible desarrollarse en la metrópoli. De esta manera, su movimiento era puramente horizontal, y además, bastante limitado. Ibid., p. 90-2.

[4] Anderson sugiere que, en contraste con el control social ejercido sobre los indígenas a través del lenguaje, las formas sociales y la religión, la forma de supervisión y manejo de las poblaciones criollas, que comparten antecedentes culturales, físicos y religiosos con los peninsulares, se realizó por medio de la degradación en base al lugar de nacimiento. Ibid., p. 92-3.

[5] John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, Barcelona, Ariel, 1976, p. 13.

[6] Ibid., p. 28.

[7] Ibid., p. 33.

[8] Ibid., p. 38.

[9] José María García Alvarado, Uruguay, México, Ediciones Anaya, REI México, 1990, p. 34.

[10] Ibid., p. 36.

[11] Ibid., p. 36.

[12] Puiggros, Rodolfo, Historia Económica del Río de la Plata, Buenos Aires, Retórica, Altamira, 2006, p. 82.

[13] Op. Cit., García, Uruguay, p. 37.

[14] Ribeiro, Ana, “De las independencias a los estados republicanos (1810-50). Uruguay”, en Revista de la Asociación de Escribanos del Uruguay, 1, 6, 2011, p. 18.

[15] Ibid., p. 19.

[16] Ibid., p. 20.

[17] Ibid., p. 21.

[18] Ibid., p. 22.

[19] Ibid., p. 23.

[20] Op. Cit., García, Uruguay, p. 36.

[21] Op. Cit., Puiggros, Historia Económica…, p. 67.

[22] Ibid., p. 74.

[23] Ibid., p. 75.

[24] Traversoni, Alfredo, “La Independencia y el Estado Oriental”, en Enciclopedia Uruguaya, no. 16, Montevideo, p. 104.

[25] Op. Cit., Puiggros, Historia Económica…, p. 80.

[26] Op. Cit, Traversoni, “La Independencia…”, p. 104.

[27] Op. Cit., Puiggros, Historia Económica…, p. 70.

[28] Ibid., p. 77.

[29] Op. Cit, Traversoni, “La Independencia…”, p. 108.

[30] Op. Cit., Puiggros, Historia Económica…, p. 127.

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