La Edad Media, el problema espacio-temporal

El estudio de la unidad temporal llamada comúnmente “Edad Media” es sin duda uno de los casos históricos más propensos a controversia y discusión, por el simple hecho de que, dado que las fuentes son escasas y, en muchas ocasiones, desvaloradas, no se tiene una visión clara de periodo. La leyenda de los llamados dark ages y la poca comprensión de los factores determinantes de la construcción de occidente, como el mar Mediterráneo o la expansión del Islam, hacen que se trate de un periodo visto con malos ojos, considerado inferior, oscuro, de poco avance cultural y tecnológico. El paso de la antigüedad a la Edad Media no se da en un par de eventos, ni en un periodo reducido de tiempo. Existe una polémica muy citada respecto a los límites de una y otra era de la historia humana. Sin embargo, es pertinente primero analizar como fue este cambio, antes que querer establecer fronteras rígidas e inamovibles sobre un periodo de franca transición entre lo que conocemos como el mundo de la Antigüedad y el Medioevo.

El primer elemento que debemos analizar con sumo cuidado es el contexto geográfico en que se desarrollo esta transición, esta formación de occidente. Como eje central tendremos siempre el Mar Mediterráneo, tanto por su papel como lazo y espacio de intercambio comercial, como por la importancia que representó para la formación de la Antigüedad y su dominio sobre el mundo conocido.

El mar, más allá de nuestra concepción contemporánea de un lago, era la inmensidad inconquistable, el límite primero de las tierras y la comunicación, el reto de conquista de una zona inexplorada y hostil con el hombre. El Mediterráneo representaba una fuente relativamente pobre de alimento para el hombre, que, sin embargo, le explotaba y podía vivir de él, al juntar su producto con el de la agricultura. El pescador era también un campesino experto, que conocía íntimamente su porción de mar, del que evitaba alejarse, pues más allá de las aguas familiares, lo desconocido prevalecería. El mar que conocemos hoy en día no es nada comparado con lo que fue en tiempos remotos. La explotación de sus recursos ha hecho que la cantidad de peces se encuentre menguada, pero es precisamente por la misma longevidad de las aguas que han permitido que se le tome como el sustento primero de muchas civilizaciones.

En un inicio, el mar fue más un obstáculo que un medio. La navegación se limitaba a visitar las islas cercanas, a no alejarse de la orilla por el temor a lo desconocido. Los cretenses, junto con los fenicios, fueron los primeros en aventurarse mar adentro, aunque siempre con la prudente distancia de la costa. De esta manera comenzó la conquista de las rutas comerciales más importantes, antes que los demás pueblos para mantener la supremacía en el mercado. La ambición por el poder provoca que el mar sea explorado y conquistado, relativamente, pues se trata de un mar tranquilo en verano, pero sumamente difícil y brusco durante el otoño y el invierno, haciendo la navegación prácticamente imposible.

Durante mucho tiempo, el mar se mantuvo como la frontera infranqueable, sobre todo durante el invierno, cuando incluso se prohibía la navegación en varios estados. La tecnología y el avance en técnicas provocó la conquista de las rebeldes aguas, transformaciones como el gobernalle de codaste, en el siglo XII, el caso de tingladillo en los siglos XIV y XV o la introducción del barco de línea en el siglo XVII lograron para el hombre el total dominio de las rutas comerciales. Sin embargo, el significado del mar Mediterráneo va mucho más allá del simple control mercantil. El Mediterráneo es ante todo un conjunto de rutas, rutas que permitieron el intercambio, no sólo comercial, sino cultural, artístico e ideológico entre las variadas civilizaciones asentadas en sus orillas.

La conformación de la Antigüedad, y las transformaciones que se vivieron en la vida cultural y social, hasta la conformación del Imperio Romano y su transformación en el periodo mal llamado dark ages no podría concebirse sin el papel predominante del Mediterráneo, como medio de transporte, de comunicación, de intercambio e influencia entre los pueblos.

La llamada transición entre el mundo antiguo y el mundo medieval debe analizarse desde la perspectiva de los actos de dos grandes personajes: Constantino y Carlomagno. Ambos emperadores, ambos revolucionarios de las formas políticas y sociales de su época, supieron adaptarse y adaptar sus dominios a los nuevos tiempos que enfrentaban.

Constantino, heredero directo del principado y las formas tradicionales de la administración imperial romana, establece un sistema absolutista centralizado llamado el Dominado, en el que el Emperador, además de ostentar el poder civil, dada la cristianización del Imperio, se nombre cabeza de la Iglesia. Al mover su capital hacia Constantinopla, el eje del mundo Mediterráneo se establece el Oriente, rico en recursos y estructura, lejos del occidente consumidor y poco productor. Siria, Egipto y Mesopotamia adquieren una importancia capital, dejando a Roma sólo con un poder simbólico, signo de la dominación de la aristocracia alejada del campo de batalla. La conformación del llamado Imperio Romano Cristiano, según Maier, se da en una época de profunda crisis política, la cual permite que la figura de Constantino se instaure como poder central y absoluto, sistema que perdurará hasta el ascenso de los francos y la expansión del Islam.

Carlomagno, por otro lado, representa una figura completamente opuesta. Si bien hereda las formas políticas, administrativas y sociales del tardío Imperio Romano, no las sigue al pie de la letra, como los anteriores reyes germánicos. Más bien representa un rompimiento de estas tradiciones, fundamentando su poder en la misma lucha de los carolingios sobre los merovingios por obtener el trono franco. Su instauración en el poder, su coronación como Emperador por el Papa, y la fundación del primer estado autónomo, significan el rompimiento total de lo que, a partir de este momento será conocido como Europa, del poder de Bizancio, el cual mirará impotente como una gran parte del territorio occidental escapa de su poder y su dominio. Carlomagno se levanta como Emperador en un mundo completamente transformado, en el que el poder romano no es más que un recuerdo, y el mundo conocido se encuentra ahora dividido.

El mundo que conoció Constantino y en el que se levantó Carlomagno sostienen diferencias sumamente notorias, si bien ambos parten de la misma tradición. Existen dos emperadores, uno en Bizancio y uno en Aquisgrán, algo que era inconcebible en la época de Constantino. Así mismo, se conocen ahora dos espacios separados totalmente. Europa y los estados germánicos ya no pertenecen al Imperio de Bizancio, ahora son independientes, si bien compartiendo la base cultural, ahora con un desarrollo completamente diferenciado en forma y fondo. La Iglesia también se encuentra dividida en la latina y la griega, dado el conflicto de ideología que surge con las incesantes políticas de reforma en Bizancio, con miras a restaurar la unidad territorial y de dominio.

La economía también sufre cambios importantes. De depender totalmente del Mediterráneo, ahora, por la expansión del Islam y el dominio de este mar, se debe voltear hacia otros lados para obtener los recursos necesarios. El reino franco de Carlomagno ya no es un reino Mediterráneo, y Bizancio ahora sólo controla una porción del extenso mar. Del absolutismo centralizado impuesto por Constantino, ahora se instaura el sistema feudal de vasallaje. Ha terminado la Antigüedad y ha comenzado formalmente la Edad Media.

Sin embargo, no basta simplemente con enlistar los sucesos y hechos que dieron lugar a un cambio cultural y social. Las profundas transformaciones que se vivieron desde la supremacía del Imperio Romano hasta la coronación de los carolingios reúnen una serie de factores que no son fáciles de analizar.

Los llamados dark ages son quizá el primer obstáculo al que el historiador y el hombre común se enfrentará al tratar de comprender este periodo de la historia. Antes considerados como un periodo oscuro, de poco o nulo crecimiento tecnológico, en el que se cree que el dogma de la religión y la superstición retrasaron el progreso, ahora se aborda desde una nueva perspectiva. Se le considera a este periodo como un periodo de profunda transformación, en la que una serie de factores y elementos se combinaron para conformar lo que hoy conocemos como civilización occidental.

Los siglos que toma esta transformación, hoy considerados desde finales del siglo VI hasta el VIII, son testigos de una serie de cambios profundos en el pensamiento y la organización social y económica del hombre mediterráneo. El establecimiento de tres ejes de poder, donde sólo existía uno, con pensamiento, desarrollo cultural y de pensamiento diferentes y objetivos diferenciados, es sólo la consecuencia de una serie de factores que alimentaron el cambio.

Puede establecerse como frontera entre la Antigüedad y la Edad Media una serie de acontecimientos que impulsaron el cambio. Entre ellos esta el establecimiento del estado germánico por los lombardos, el papado de Gregorio Magno y el inicio de la separación de la Iglesia, las constantes reformas espirituales establecidas desde Bizancio, la aparición de eslavos y avaros y la repentina y sorpresiva expansión del Islam sobre territorios mediterráneos. Más allá de los cambios que pudo surgir el ahora fragmentado Imperio Romano, los cambios más importantes son los de pensamiento, ya que se crea una marcada división en el pensamiento de la Iglesia latina y la Ortodoxa griega, además de la nueva doctrina del Islam que culmina con tomar territorios antes totalmente cristianizados, después de pensamiento monofisita y finalmente musulmanes. Así mismo, la coronación de un rey germano como Emperador, legitimado por el mismo poder eclesiástico, marca el fin de la supremacía del Emperador Bizantino en el territorio conocido ahora como Europa.

El periodo de transición como tal se ha establecido entre la aparición de Diocleciano y la unidad del Imperio y la coronación de Carlomagno por el Papa. Si bien no se puede hablar de una unidad en este periodo de confusa transición, si podemos establecer dos puntos de encuentro que mantienen la unidad mediterránea, que ha de romperse. El mismo mar Mediterráneo sigue manteniéndose como el área económica y cultural por excelencia, con sus rutas comerciales y de intercambio, supremacía que se verá fracturada con la posesión del Islam de las tierras del norte de África y con el dominio de las zonas marítimas del sur. El otro factor de unidad que prevalecerá hasta el rompimiento con Bizancio es precisamente la tradición cultural y de pensamiento del Imperio Romano Cristiano, el cual permeará a los reyes germanos establecidos en territorio romano y se mantendrá como poder central, aunque sea de nombre, hasta la coronación de Carlomagno.

Esta herencia retomada por los reinos bárbaros será fundamental para el aparente control que aun mantiene Bizancio sobre el territorio de occidente. Si bien los reinos germánicos se manejan de forma independiente, aun consideran al Emperador como su superior, así como el mismo Papa, quien acude a éste para confirmar su poder. La tradición se mantiene de forma importante en el pensamiento, incluso en el método de administración, ya que en algunos territorios de repite la fórmula del senado, y en otros, aun hay representantes romanos que toman decisiones en nombre del Emperador.

El dominio de la tierra, también de base romana tardía, será el fundamento del posterior sistema feudal de vasallaje, así como el arte, que mantiene también una unidad en el estilo ahora conocido como el proto-bizantino. Al centro de toda esta tradición que había de permear el periodo de transición se encuentra la religión, como el motor de creación de trasfondo espiritual que ha de impulsar y promover los actos del hombre.

Sin duda, los elementos culminantes de la transformación, que no surgieron de la nada, fueron la separación de la Iglesia en latina y griega, el rechazo del Papa del poder del Emperador, el dominio del Islam en la expansión del Califato y el rompimiento de tradiciones en el reino franco tras la caída de los merovingios. De esta manera, se establecen de forma definitiva y claramente diferenciadas las tres unidades que conformarán la Edad Media: Bizancio, el Reino Franco y el Califato, cada uno son una ideología, tradiciones y pensamiento diferenciados, que conformarán la sociedad de la Edad Media tal como se concibe hoy día.

Europa comienza su lento desarrollo cultural, alejado de la influencia de Bizancio y resintiendo en algunos casos, como el de España, de las tradiciones musulmanas. La Antigüedad ha dado paso, lentamente y tras varios siglos de transición, a lo que hoy llamamos Edad Media, y que ha de presentar sistemas económicos y sociales completamente nuevos en el mundo. Si bien la tradición continuará, esta se irá perdiendo poco a poco en las nuevas formas de pensamiento. Un nuevo mundo se abre ante nuestros ojos, un mundo que se ha formado lentamente, y a consecuencia de una serie de eventos aislados entre sí, y que nadie podía prever sus consecuencias, pero que en el final, han sentado las bases de la sociedad feudal, del vasallaje, y de lo que hoy llamamos Occidente.

Ningún periodo histórico presenta facilidad para su estudio, por el simple hecho de tratarse de tiempos marcados por la acción del hombre, elemento central del campo de estudio de la historia. El establecer fronteras marcadas y bien delimitadas sólo impulsa un entendimiento superficial del pasado, sin adentrarse en las problemáticas de cada periodo y si dar importancia al actuar humano, sino sólo considerándolo como actor secundarios de los cambios en el mundo. Si pretendemos entender lo más posible el pasado, hay que adentrarse en él, abandonar los prejuicios que tenemos sobre una idea, una institución o un evento, y analizar a fondo cada uno de los elementos que han provocado una transición, pues de esta manera, entenderemos que los hechos no se desarrollan por casualidad, sino que tienen causas, fundamentos y razones para su existencia.

Fuentes bibliográficas

Braduel, Fernand, “El mar”, en El Mediterráneo. El espacio y la historia, México, FCE, 1995, pp. 37-60.

Maier, Franz Georg, “Prólogo” e “Introducción. La leyenda de los dark ages”, en Las transformaciones del mundo mediterráneo, México, Siglo XXI, 1989, pp. 2-15.

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