Breve Historia de Nueva España, siglo XVI

Para hacer un análisis de la Nueva España en el siglo XVII es necesario conocer, al menos brevemente, las circunstancias sociales, económicas y políticas del siglo que le precedió. Al darse el rompimiento provocado por la conquista en los territorios mesoamericanos, las estructuras políticas y sociales se alteraron, dándose un sistema económico totalmente diferente al practicado por los pueblos originarios. El virreinato de Nueva España, en el siglo XVI, estaba formado y poblado de tal manera, que la mayor parte de la población, formada por indígenas, blancos, negros y mestizos, vivían en la zona central del territorio, es decir, los espacios de México, Puebla de los Ángeles, Oaxaca y Michoacán. El resto del virreinato, escasamente poblado y explotado, estaba conformado por cinco unidades administrativas: Nueva Galicia, Nueva Vizcaya, Nuevo León, Nuevo México, Yucatán y Tabasco. La Ciudad de México, además de ser el centro de la vida económica, también lo era de la política, pues es donde estaba asentado el virrey, y desde ahí gobernaba toda el área central del territorio novohispano. La occidentalización se dio de esta manera a partir del centro del territorio hacia el Bajío, primero, y a las tierras de pueblos nómadas en el norte, después. “En toda la Colonia fueron aniquiladas las antiguas estructuras sociales, administrativas  y religiosas”[1].

El primer sistema económico empleado en el territorio conquistado fue el de la encomienda, cuando los españoles se dieron cuenta del valor de la mano de obra indígena. “Los españoles que lograban obtener encomiendas, como eran llamados estos repartimientos de indios, podían vivir cómodamente del trabajo de éstos”[2]. Aprovechando el pago de tributos que los indios hacían a Moctezuma en tiempos prehispánicos, los encomenderos podían llegar a apropiarse de este tributo que los indios creían tener la obligación de enviar a la Corona, siendo la encomienda un sistema sumamente conveniente para los primeros conquistadores.

El sistema de gobierno que se impuso en Nueva España, después de la primera supuesta pacificación del territorio, fue la Audiencia, “un grupo de magistrados nombrados en España [que] se hizo cargo del gobierno de la Colonia”[3]. La administración de la primera Audiencia fue tomada como un peligro para los encomenderos, pues limitaba su autoridad, y representó un periodo de cruel trato hacia los indios. Sin embargo, con la implementación de la Audiencia terminó el periodo de saqueo caótico provocado por la conquista, reportando amplios beneficios para la Corona, además de iniciar el proceso de burocratización que la metrópolis buscaba para sus colonias. Una vez arrebatado el poder a los encomenderos, la Corona estuvo en posición de administrar sus posesiones en tierras americanas. Con la llegada del primer virrey a Nueva España, don Antonio de Mendoza, inicia una nueva etapa para la colonia americana, pues se sometió totalmente a los encomenderos al poder real.

Junto con esta transformación política también se inicia el periodo de evangelización, siendo ésta la justificación de la invasión y conquista. Siendo los misioneros franciscanos los primeros en llegar a América “pronto impusieron su hegemonía espiritual en las principales ciudades indígenas del centro de México”[4], llevando su ideología y preceptos a las mentalidades indígenas, por lo que se les llegó a acusar de querer obtener autonomía de la Corona española. Con el fin de integrar realmente a los indígenas en la vida cristiana, los frailes vieron la necesidad de tener un verdadero conocimiento de éstos pueblos, con lo que se inicia el periodo de cronistas, que se enfocaron en aprender las lenguas nativas, predicar en ellas, hacer la historia de estos pueblos e integrarse verdaderamente en sus tradiciones y costumbres para poder transformarlas a una doctrina mucho más cristiana. “Pronto tuvieron la capacidad de determinar cómo fundir lo que consideraban altos valores indígenas con los preceptos cristianos”[5]. La educación impartida por estos evangelizadores se enfocó en reforzar las costumbres de obediencia y sujeción a la autoridad, especialmente al tratar con los hijos de la aristocracia indígena, logrando poco a poco la supresión de costumbres mal vistas a los ojos de la cristiandad, como la poligamia o el sacrificio humano. En su afán por cultivar una nueva cristiandad, más humilde y pobre, los frailes también buscaron la separación de esta población de la corrompida sociedad española. Sin embargo, con la constante decadencia de los sistemas políticos de los pueblos indígenas, los frailes consideraron que la disciplina y la humildad de los indios también se iría perdiendo, por lo que apoyaron a estos pueblos y a los antiguos caciques para conservar su unidad e identidad. Lejos de hispanizarlos, buscaron conservar su esencia como pueblo autóctono.

Por presión de frailes dominicos, especialmente Bartolomé de las Casas, Carlos V suprimió las encomiendas por medio de las Leyes Nuevas de 1542. Sin embargo, su aplicación fue gradual en la Nueva España, primero para evitar las revueltas de los encomenderos, y segundo porque era necesario idear algún método para controlar la mano de obra indígena a un bajo costo. Entre las innovaciones de este periodo, la segunda Audiencia estableció el sistema de corregimientos, gobernadores de distrito, con el fin de tener un mayor control de la administración pública. Además, se implementó el uso de la aristocracia indígena en los cuerpos de gobierno, “para la Corona, los caciques y nobles indígenas se convirtieron nuevamente en un instrumento de confianza para manejar y administrar a las masas indias y en un elemento integrante del nuevo orden”[6].

El nuevo sistema en la Nueva España parecía llevar buen camino, reduciendo el poder de los encomenderos, protegiendo y evangelizando a los indígenas y aprovechando los recursos para la riqueza de la Corona. Sin embargo, de 1545 a 1548 se da la catástrofe demográfica con la epidemia de cocoliztli, una enfermedad traída por los españoles a América, contra la que los indígenas no tenían defensas. Una gran pérdida de vidas, con la consecuente decaída de la economía, pues la mano de obra era el recurso más valioso, y la concepción de este desastre como un castigo divino,[7] hizo caer a toda la sociedad virreinal en un desgano vital. El descenso en la producción fue tal que la vagancia se convirtió en un problema entre los peninsulares, los sentimientos cristianos entre los indígenas iban desvaneciéndose, y el alcoholismo se hizo práctica común. Con vista a corregir estos nuevos errores y regresar al camino de la buena administración, el segundo virrey, don Luis de Velazco, fomentó el sistema de corregimientos, dándoles jurisdicción sobre negros, peninsulares e indígenas. De nuevo tomó fuerza la postura de los frailes por la separación de las sociedades indígena y blanca, señalando a Felipe II su “obligación de impedir hasta donde fuera posible el contacto de los indios con los demás sectores de la población, porque el libre contacto habría tenido por consecuencia la ruina de la sociedad indígena y la pérdida de todo lo logrado por los misioneros mendicantes”[8]. Aunado a esta crisis de la administración novohispana, la llegada de Martín Cortés, hijo del conquistador, marcó el inicio de una conspiración por independizar al territorio americano de España, apoyado por hijos de los primeros conquistadores, denominados criollos, que buscaban arrebatar el poder a la Audiencia. Se declaró un estado de emergencia en la Ciudad de México, pero por impulsiva y desorganizada que era, esta revuelta fue detenida, y los conspiradores ejecutados o exiliados.

El cuarto virrey, don Martín Enríquez de Almansa, inició su administración con una lucha directa contra la encomienda, incrementando el poder de los corregidores y desarrollando el nuevo sistema económico, el repartimiento, que consistía en “recibir a los trabajadores [indígenas] en cuadrillas por semana, pagarles un salario previamente establecido y, al terminar la tarea que se les había fijado, enviarlos de regreso a sus pueblos”[9]. El desarrollo económico de la Nueva España fue también una de las prioridades del nuevo virrey, manteniendo a raya la influencia de los frailes de las comunidades indígenas, separando a los peninsulares de los pueblos originarios, aumentando la explotación de plata y extendiendo la dominación española sobre las tierras del norte. La introducción del método de amalgamación en la minería ayudó a su vez a propiciar una mayor producción argentífera, lo que llevaba a explorar nuevos territorios explotables. ”Una aceleración en el movimiento social del México central, hizo crecer el número de indígenas sedentarios y disminuir el de los nómadas”[10]. La extensión del territorio llevó a la fundación de Nueva Vizcaya, y su capital Durango, además de la conquista de las islas Filipinas al otro lado del Pacífico. Los pueblos chichimecas del norte del territorio, que habían sido muy difíciles de pacificar, poco a poco aceptaban la doctrina cristiana, convirtiéndose en sedentarios y formando parte del sistema económico del centro del virreinato. Sin embargo, la resistencia chichimeca continuó, para ser sometidos solamente hasta el gobierno del séptimo virrey, el marqués de Villamanrique.

La explotación de nuevas minas argentíferas, la extensión del territorio dominado, el auge de las industrias textiles y la mejor administración de la mano de obra indígena llevó a una época de auge que duró de 1596 a 1620. Ya iniciado el siglo XVII se enfrentaron nuevos problemas en la Colonia. La constante disminución de la población indígena por las recurrentes epidemias de cocoliztli, el aumento de la población peninsular y negra, y los problemas de colonización que esta composición social representaban creó un territorio en el que la mano de obra escaseaba, tomando en cuenta que era el recurso más valioso que los españoles encontraron en tierras americanas, aun más que la creciente explotación de la plata. El gobierno virreinal probó estar ya claramente establecido, a la vez que el poder de los primeros conquistadores estaba totalmente eclipsado a favor de la Corona. Sin embargo, éste gobierno enfrentaría el reto de administrar “una de las sociedades más diversificadas y complicadas que hasta entonces hubieran existido en el mundo”[11].

[1] Jonathan I. Israel, Razas, clases sociales y vida política en el México colonial 1610-1670, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, pp. 13.

[2] Ibíd., p. 14.

[3] Ibíd., p. 15.

[4] Ibíd., p. 17.

[5] Ibíd., p. 18.

[6] Ibíd., p. 21.

[7] Los frailes creían ver en la epidemia y muerte de millones de indígenas un castigo a los españoles, quienes perdían su mayor recurso, y un premio a los mismos indígenas, quienes por su humildad y obediencia habían ganado ya el paso al Paraíso, dejando atrás la agonía de la dominación española.

[8] Ibíd., p. 25.

[9] Ibíd., p. 26.

[10] Ibíd., p. 27.

[11] Ibíd., p. 31.

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